Lágrimas de alegría en D.C.
Gustavo Dudamel daba ayer una entrevista en un salón de la Organización de Estados Americanos. Hablaba de cómo la primera vez que vino a Washington D.C. fue en la primera gira de la Sinfónica Juventud Venezolana Simón Bolívar cuando tenía 13 años. Decía que en esa época corría de un lado a otro junto a sus amiguitos músicos, jugaban entre los ensayos en unos salones que se veían grandísimos y empezaban a tener “noviecitas”- hacía sólo un año desde la primera vez que había agarrado una batuta -. Afirmaba que no, que nunca se imaginó que volvería a la ciudad para dirigir a los mismos muchachos, algunos ya casados, algunos ya adultos.
Cuando terminó la entrevista su abuela, la señora Engracia, lloraba copiosamente sentada en un lateral de la sala. “ ¿Por qué llora, abuela?”, le preguntó Gustavo. “Porque me acuerdo”, contestó la señora, quien no sólo lo llevó a las clases de música desde que él tenía seis años, sino que fue una de las representantes que viajó a Washington en esa oportunidad, para cuidarlos. Pero la señora Engracia no lloraba sola, todos los presentes en el hermoso salón, trabajadores del sistema que los han acompañado por más de una década, también se estrujaban los ojos.
Los dos días en Washington D.C. han sido sumamente emotivos para los músicos y el grupo que los acompaña. Después del concierto, nadie se ponía de acuerdo para decidir qué había sonado mejor si Daphnis & Chloe, de Maurice Ravel; Santa Cruz de Pacairigua, de Evencio Castellanos, o La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky. “Hubo una energía muy especial”, comentó en los camerinos el maestro Pablo Castellanos. “Fue sencillamente brillante”, afirmó el maestro Benjamin Zander del conservatorio New England, el más antiguo de Estados Unidos.
Es fácil saber cuando Dudamel y el resto de los músicos se sienten satisfechos con el sonido que alcanzaron en un concierto. Al salir, se quedan un poco más de tiempo en los camerinos comentando cosas, repasando momentos, cuentan chistes de camino al hotel, tardan más en subir a sus habitaciones. Así ocurrió a la salida del Keneddy Center, hace dos noches.
El reconocimiento
En la mañana de ayer el Ensamble de Metales de Venezuela arrancó más lágrimas al tocar en la sede de la OEA. El acto, fue un reconocimiento a la labor y trayectoria del maestro José Antonio Abreu y el Sistema Nacional de Orquestas Juventiles e Infantiles de Venezuela. Esta es la primera vez que la organización hace una distinción de esta magnitud a una iniciativa artística.
Desde 1982, con el apoyo de la OEA y de los gobiernos de otros países, se han creado y desarrollado sistemas de orquestas juveniles e infantiles en más de 20 naciones que emulan el modelo venezolano. Entre ellas figuran Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Trinidad y Tobago y Uruguay.
Quizás puedo imaginar pocas cosas que sean más conmovedoras que escuchar el Alma Llanera interpretado por los jóvenes músicos ante todo el cuerpo diplomático de América, en ese salón lleno de banderas y lámparas de cristal; pero sí lo hubo cuando el joven Gian Carlo Castro D’Addona subió al escenario a recibir los aplausos por la Gran Fanfarre, obra que compuso especialmente para el ensamble y que recibe ovaciones de pie cada vez que es interpretada. Castro también vino a Washington D.C. en la primera gira de la orquesta. La sala también le pareció más grande aquella vez.
Nota: los periodistas de la OEA grabaron parte de la sesión, que puede verse aquí:
http://www.oas.org/OASpage/live/OASlive_spa.asp?lang=ESP


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